Los Hombres de

                   Rita Rico

26  06 2014

Relato erótico de Rita Rico

NUESTRO PRIMER ENCUENTRO

La cena fue muy agradable. Alex me contó que estaba decidido a dejarlo todo. Su matrimonio y su profesión. Quería viajar por el mundo haciendo reportajes de lo que siempre le había apasionado. Deseaba seguir los pasos de David Livingstone desde Namibia, cruzando el desierto de Kalahari y navegando el río Zambeze, hasta llegar a las cataratas Victoria. Y desde allí, volar a Tanzania para cruzar la frontera hacia Uganda por el lago Victoria. A partir de ahí, seguiría el río Nilo en Etiopía, Sudán y Egipto hasta su desembocadura en el Mediterráneo. Según él, esa sería su primera gran aventura, de un año de duración. Luego iría a Japón para hacer un reportaje sobre el mundo de las geishas; en la India su interés estaba en la vida de los yoguis hindúes y, por supuesto, también le interesaba mucho América del Sur, concretamente, la tribu indígena de los Yanomamis, que viven en la selva entre Brasil y Venezuela.

Me encantaba oírle hablar de su programa de viajes. Calculaba tres años por el mundo, uno por continente. Pero para eso iba a necesitar mucho dinero, aunque, según decía, eso no era un problema, ya lo tenía todo previsto.

Escuchar su sueño, su pasión, me hacía soñar que iría con él a recorrer el mundo. Yo ya había viajado bastante, pero nunca en forma de aventura, sin comodidades, y sus proyectos me atraían mucho.

—¡Me encantan tus planes! Mi mayor pasión es conocer otras culturas, relacionarme con el mundo como una más y no desde la mirada de una turista. Ir a los sitios sin saber qué te vas a encontrar y tener que improvisar. Sería increíble, Alex.

—Llevo pensando en esto toda la vida, desde que era jovencito, pero nunca lo he hecho. Jamás he tenido el valor de abandonarlo todo. Mi mujer tampoco me ha apoyado en esta idea. Le gusta la vida segura que le proporciono. Me casé joven y ella nunca se ha emancipado económicamente, ni de ninguna otra manera.

—Lo que he aprendido en estos últimos meses es que la vida es muy corta y perdemos mucho tiempo ignorando nuestras verdaderas necesidades. Nos atrapamos en la vida material y creemos que el lujo, el dinero, los coches caros, los restaurantes buenos son las cosas que realmente nos hacen felices, lo que nos realiza. Luego te das cuenta de que no necesitabas de todo eso para alcanzar la felicidad. La vida es mucho más bella cuando te liberas de la esclavitud mental y social, cuando por fin te sientes libre de los prejuicios y de los miedos.

—Me encanta escucharte, Rita. Creo que estamos en el mismo impasse.

—Kili me ha ayudado a tomar una decisión importante. Pediré el divorcio a la vuelta y después ya veré lo que hago con mi vida. Quizás monte una consulta y ejerza de psicóloga, o dejaré que la vida decida por mí.

—Yo primero tengo que ver cómo me encuentro en Madrid después de esta increíble experiencia en el Kilimanjaro y, por supuesto, después de haberte conocido, Rita. Nunca ninguna mujer me ha dado tanto en tan poco tiempo. Gracias otra vez por tu cariño y dedicación. Si no me hubieras animado y cuidado como lo hiciste, no lo hubiera conseguido. Gracias —se acercó a mis labios y volvió a besarme.

Con ese segundo beso, me relajé y me alejé del recuerdo de Rafael y de todos los hombres que había conocido en la vida. Fue tierno, dulce, y tuve una extraña sensación, como si ya le hubiera besado antes, incluso antes de cuando lo hizo en la montaña, como si le conociese de toda la vida. Desde ese momento, Alex entró de lleno en mi vida, en mi corazón.

Nos fuimos a la habitación y seguimos besándonos, pegados cuerpo a cuerpo. Abrazados, bailando sin música, sintiéndonos en silencio. Parecía que nuestras almas llevaran años vagando por el mundo sin encontrarse hasta aquel momento. Lo sentí al tocarle, al besarle, al abrazarle.

—¿Cuánto tiempo llevas esperando este momento, Alex? —le pregunté impulsada por el encanto del lugar, del momento.

—Toda la vida, Rita. Desde que nací. ¿Y tú?

—Yo también, Alex. Desde que nací —nos fundimos en un largo y apasionado beso.

Poco a poco me fue desvistiendo. Me echó sobre la cama y me quitó las sandalias, acarició mis pies y los besó. Con las manos y los largos dedos fue subiendo desde los tobillos, volviéndome loca al llegar a los muslos, y, de rodillas en el suelo, me besó. Me cogió de las manos y me puso de pie, volvió a abrazarme y a besarme, cada vez más entregado y apasionado. No hablábamos, solo escuchábamos cómo nuestras respiraciones se iban acelerando, entrecortando con cada beso, con cada mordisco que nos dábamos en los labios. Me levantó el vestido y me lo sacó por la cabeza. Sin dejar de mirarme con sus ojos azules, se quitó la camisa y otra vez nos juntamos, para sentir por primera vez nuestra piel desnuda. Ese primer contacto siempre me gustó mucho, pero lo que sentí con él fue diferente. Fue muy intenso.

Me desabrochó el sujetador y mi pecho tocó el suyo, tenía poco vello y se notaba trabajado por el deporte que había practicado a lo largo de toda su vida. Estaba bastante en forma para sus cuarenta y cuatro años, aunque tenía un poquito de tripa por las horas de silla en el despacho y la falta de tiempo para ejercitar el cuerpo. Sin embargo, a mí me gustaba incluso esa pequeña curva de su abdomen que le daba tanto placer cuando se la acariciaba. Le encantaba que le sobase como a un gato y siempre me pedía un masajito en la espalda. My little cat. Así era como le llamaba.

Se quitó los vaqueros y nos tumbamos en la cama. Se apoyó en un codo y con el otro brazo, mirándome a los ojos, me acarició el pecho. Mis pezones se pusieron duros, esperando que mi amante les brindara el calor de su boca. Los chupó despacio, disfrutando como un niño con el pecho de su madre. Era un sentimiento tan diferente, tan placentero, tan de plenitud que me abandoné y me entregué totalmente a ese juego de intercambio de caricias.

Me quitó las bragas y suavemente recorrió con la lengua todo mi cuerpo, hasta mi parte más íntima. Me abrió dulcemente las piernas y me penetró con su lengua caliente en busca del placer de degustar mi sabor, mi esencia. Todo el cuerpo se me contrajo al contacto de su lengua en mi clítoris.  Alex se tomaba su tiempo, se deleitaba con calma, sin prisa. El mundo, mi mundo, nuestros respectivos mundos desaparecieron ante tal entrega a un universo de deliciosas sensaciones. Empecé a jadear y mi nuevo amante me calló besándome con esa exquisita mezcla de sabores. Se quitó el slip y pude comprobar que el pene tenía mi tamaño perfecto. Deseé sentirlo en la boca, dentro de mí, pero Alex quería que yo disfrutara como él lo hacía, complaciéndome. Así que me penetró despacio y, lentamente, me fue llenando con su ser. Nunca había sentido en una penetración lo que sentí con él. Alex me transportaba a otra dimensión. Mis poros estaban conectados con cada poro de su cuerpo. Había mucha conexión. Era casi divino. Cada movimiento de su pene dentro de mí era como un viaje al cosmos, donde todo era energía pura, sin contaminación. Pura magia.

Cada gesto, cada movimiento, cada caricia de Alex era como una declaración de amor. Descubrió enseguida el poder que las palabras tenían en mí en la cama. Jadeaba y me susurraba frases de gran carga erótica. Me corrí como nunca había hecho. Fue un largo y profundo orgasmo que disfruté con todo mi cuerpo y mi alma. Alex me siguió con una gran eyaculación, con contracciones incluidas. Me encantaba verle, sentirle.

Alex consiguió borrar las huellas que tantos hombres me habían ido dejando a lo largo de la vida.

El primer round no estuvo mal, pero necesitaba retribuirle con mi arte felatoria, y para eso era preciso que estuviese en guardia otra vez. Empecé a acariciarle el miembro con la mano, que permanecía relajado después de la buena faena. Increíblemente fue respondiendo con cada movimiento. Qué alegría sentí al ver que su pene en mi mano volvía a crecer y a endurecerse. Hummm… No resistí y me lo metí en la boca. Lo empapé en saliva y lo envolví con mi lengua. Lo exploré de arriba abajo. Cogí su escroto, de tamaño perfecto, yo diría que hasta era guapo, y me lo introduje en la boca, entero. Su fiel amigo se irguió más, en respuesta a aquella sensación en sus testículos. Volví a metérmelo en la boca, gozando de cada centímetro. Le estrujaba las bolas mientras lo introducía entero hasta la garganta. Era una experta en comérmelas, en metérmelas hasta la campanilla sin que me dieran arcadas, y eso a Alex le encantó.

Excitado por mi espectacular mamada, se incorporó y me puso a cuatro patas. Desde atrás, me penetró. Esta vez el ritmo era diferente, los movimientos suaves y tranquilos habían desaparecido. Agarrado a mi culo, me embestía, pronunciando mi nombre con rabia, con pasión. El ruido rápido producido por el choque de su pelvis contra mis nalgas y su invasión rabiosa y segura desataron a la fiera que había en mí. Le pedía más, más y más rápido. Alex, obediente como un niño bueno, me complació, dándome cada vez con más fuerza hasta que los dos explotamos y chillamos a la vez, entrando en un estado de éxtasis, hechizados por nuestro propio ser.

Estuvimos un buen rato mirándonos a los ojos, abrazados. En silencio. Él me escudriñaba con la mirada, parecía que quería entrar dentro de mí a través de mis ojos. Saber lo que pensaba o lo que había sentido en nuestro primer encuentro sexual. La sensación de familiaridad perduró en todos nuestros encuentros. Intuí el enorme potencial que teníamos como pareja, como compañeros del hermoso camino que es la vida.

Fueron dos días maravillosos los que pasé con él en Tanzania…

Fragmento de LOS HOMBRES DE RITA RICO


2 Responses to “Relato erótico de Rita Rico”

  1. Me ha parecido precioso!!!!

  2. Gracias José. Si te ha gustado ese trocito de la novela, estoy segura de que te encantará las 330 páginas restantes. Colgaré aquí cuando salga a la venta. Un saludo

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