Los Hombres de

                   Rita Rico

19  12 2013

Relato erótico de Rita Rico

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Seguía con mi vida independiente de Rafael. Viajaba sin parar e iba a todos los eventos que me parecían divertido. Me fui a Barcelona al famoso Salón Erótico. Allí me distraje un rato asistiendo a shows eróticos, videos porno y comprando regalitos a mis amigas que estaban muy necesitadas de cachondeo en sus aburridas vidas.

Allí, en la feria, comprobé que los seres humanos somos capaces de hacer hasta lo inimaginable para vivir un dulce momento.

Quedé con mis amigas a la vuelta de mi viaje para regalarles los artilugios que les compré.

Nos reunimos en la cafetería de siempre para ponernos al día. A Cristina le compré un elixir recupera tu hombre. La relación con su pareja iba de mal en peor y según el fabricante de la pócima, si echas 15 gotas en la copa de tu hombre, se volvería amoroso, buen amante y se enamoraría de tí para siempre.

A María, la solterona del grupo, le traje unos pezones artificiales, erectos ellos, para que cuando saliera de marcha se los plantase sobre los suyos para llamar la atención. La pobre no era muy agraciada y de tetas andaba más bien escasa. Según el inventor de los pezones de silicona, ella tendría éxito seguro.

A Carmen, la inocente, le traje una goma. Ella me preguntó si era para el pelo y le dije que era para el pene. Le conté que la goma se pone en la base para que su marido aguantara más tiempo la erección. La pobre no disfrutaba mucho tiempo con él, que con la edad que tenía aún era precoz, muy precoz.

Para mí no había nada que realmente me interesase o que no lo hubiese probado. Me costó mucho comprarme algo hasta que vi en un stand algo que me recordaba cuando empecé en el juego del sexo: las braguitas comestibles. Compré una caja de bragas de chocolate. Las braguitas me obligaron a buscar a un amante que le apeteciera empacharse con ese dulce sabor. Estaba deseando ver como un hombre me comía las bragas.

Fui a una fiesta, una semana después de comprarme las braguitas de chocolate, y todos los hombres que se me acercaron les preguntaba si les gustaba el chocolate. Al final di con mi Sr. X que le encantaba.

Nos fuimos a la casa de invitados, Rafa estaba haciendo el camino de Santiago con sus amigos excursionistas. A nuestra cama no me gustaba llevar a mis amantes.

En el salón empezamos a morrearnos. Él estaba impaciente. Tiré mis tacones lejos. Él se quitó la camisa descubriendo un cuerpo fibroso marcado por el deporte. Me acerqué a sus oídos y volví a preguntarle si le gustaba el chocolate y me contestó que le volvía loco. Le llevé a la habitación, me subí a la cama y quité el vestido. Le cogí de su cabeza y le acerqué a mis braguitas de chocolate. Metió su nariz e inhaló profundamente.

—Ohhhh…Me vuelve loco ese olor, ese sabor.

Me tumbó sobre la cama, me abrió las piernas y se hundió en la entrepierna. Me comió las bragas como un animal muerto de hambre. Me excitaba mucho sentir sus dientes rozando mi vagina, mi clítoris con cada mordisco que me propinaba. Cuando ya no quedaba ni rastro de la prenda, le tiré del pelo y le pedí que me penetrase.

El chocolate le dio mucha energía y estuvo toda la noche derrochando su potencia conmigo.

Quedamos otras cinco veces más. Él venía directamente a la casa de invitados a comer mis bragas. La última vez que le vi, tuvo el detalle de traerme una enorme caja de bombones. A mí no me interesaba el contenido de la misma así que la deposité en la mesa del salón, agarré del cuello de su camisa y le llevé a mi alcoba.

Nos pusimos como locos a besarnos. Rápidamente le desnudé y él me empujó a la cama con ansias de devorarme, de poseerme. Al menos era lo que yo creía. Me acarició el cuerpo y bajó lentamente la falda para sorprenderse a sí mismo con el esperado regalo que estaba debajo de ella. Mi querido Sr. X se sorprendió al ver que las braguitas que llevaba no eran marrones y sí rojas.

—¿Qué es eso?

— Mi tanga rojo.

—¿Has cambiado de sabor?¿Es de fresa?

— No es de sabor. Ya se han acabado, pero no importa. Ven aquí… —tiré de su pelo, le besé y le toqué la entrepierna. La que se sorprendió fui yo. Su erección se había esfumado.

—¿Que te ha pasado? Ven aquí… Rita te ayudará a recuperarte.

Empecé a masturbarle y él se levantó alegando que no podía seguir, que de nada serviría que le tocase.

Su tono de voz era de cabreo, incluso diría que era de decepción, de frustración. Desnudo se fue al salón. Pensé que fumaria un cigarrillo, que se calmaría y que volvería a rematar la faena. Esperé un rato pero no volvió. No podía haberse marchado porque toda su ropa estaba en la habitación. Me puse una bata y fui a buscarle.

Le encontré desnudo sentado en el sofá moviendo el brazo compulsivamente, su respiración era profunda y emitía sonidos guturales.

—¿Qué haces, cerdo? Vete de mi casa ahora mismo.

—No puedo, no puedo parar. Es superior a mi voluntad. Soy un adicto.

—Si no paras llamaré a la policía.

—Me iré, pero antes déjame ir al baño.

—En mi baño no vas a hacer ninguna guarreria. Vete ahora mismo.—Fui a la habitación, cogí su ropa y volví al salón.

Mi Sr. X seguía sentado en el sofá. Le tiré de sus hombros y la caja de bombones se cayó al suelo. Le miré y vi la boca, el cuello, las manos manchados de chocolate.

La semana siguiente quedé con las chicas para saber cómo les había ido con los regalitos que les traje del Salón Erótico. Les conté la historia con mi amante adicto al chocolate. Al final lo único que le interesaba eran mis bragas.

Pero la mía no fue la más divertida o frustrante. Mi amiga, la del elixir, me contó que echó las gotas en la copa de su chico y al ver que no hacia efecto le echó más y más hasta que al final vacío todo el contenido. Resultado: su chico se quedó dormido antes de que ella disfrutara del efecto enamorador de la pócima.

A la de los pezones le fue de pena. Se puso una camiseta ajustada como le aconsejé y plantó los pezones erectos de silicona. En mitad de la noche se cruzó toda la discoteca para ir al baño y se alegró al notar que todo el mundo la miraba. Al llegar al baño se miró en el espejo para comprobar que sus pezones estaban en su sitio, objeto de todas las miradas. Se quería morir cuando los vio a la altura de la cintura marcando unas tetas caídas y encendidas.

La última no hizo falta que nos explicara cómo había sido su experiencia con la goma de pene con su marido porque la traía en el pelo recogido en una coleta. Nos dcontó que él se cortó y se desinfló cuando mi amiga le dijo que le pondría la gomita.

Nos hemos pasado toda la tarde riéndonos.

En la vida no todo es tan dulce como parece. Los mejores momentos son los que cambian de sabor. En la vida hay que variar y las adicciones son muy malas.

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Un lío con Poseidón http://bit.ly/Hm29kp


4 Responses to “Relato erótico de Rita Rico”

  1. Caramba, de sexo no se nada pero a mi el chocolate no me lo quitan!!!

  2. Hummmmm….que rico esta el chocolate y si lo tomas en compañía mucho mejorrrrrrrrrrrrrr

  3. ¡¡Qué historia tan divertida y dulce!!

  4. Me alegro que te guste. Tienes un montón de historias para divertirte conmigo. saludos

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