Los Hombres de

                   Rita Rico

12 2013

Relato erótico de Rita Rico

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Diversión por todo lo alto

Rafael me dominó durante muchos años en el terreno sexual. Le tenía en un pedestal por las continuas sorpresas que me daba en este ámbito, pero al recuperar mi libertad, volví a ser la dominadora que siempre había sido y me encantaba jugar con los hombres.

Recuperé mi poder de femme fatale, aunque confieso que echaba de menos a un hombre que ejerciera poder sobre mí, o que al menos intentase domar a una potrilla viciosa y rebelde como yo.

Ansiaba practicar y experimentar todo lo que aún no había probado en el sexo, y me excitaba hacerlo en sitios públicos.

En un vuelo nocturno hacia Buenos Aires conocí a un ejecutivo francés que iba en primera, como yo. Después de cenar, compartimos una botella de champán a la que nos había invitado una azafata de la compañía. El espumoso bajó refrescándome la garganta y las burbujas me provocaron cosquillas en la boca y en la lengua. El gabacho hablaba perfectamente inglés y también dominaba el idioma universal de miradas y gestos. Tendría unos cuarenta años y era un morenazo del sur de Francia, concretamente de Cannes.

Cuando las luces se apagaron para que los que quisieran pudieran dormir, mi adonis del Mediterráneo se levantó y se perdió en la clase turista. Al rato volvió y me comunicó que todo el pasaje estaba dormido y que si me apetecía ir a la cocina, un bar improvisado para los noctámbulos, a tomar un whisky. No dudé en aceptar su invitación puesto que mi entrepierna ya estaba excitada con la sola idea de un polvo rápido en el baño.

La azafata de la clase turista nos sugirió tomar la copa en primera, donde estaríamos más cómodos. Nos negamos y nos quedamos de pie allí, esperando el momento oportuno para entrar en el minúsculo habitáculo. No mucho tiempo después, la única azafata de guardia se marchó, dándonos la oportunidad de meternos en el cubículo. Estoy segura de que sospechaba cuáles eran nuestras intenciones.

No dudamos ni un instante y entramos. Empezamos a meternos mano y, sin esperar más, nos bajamos los respectivos pantalones y las prendas de interior a la vez. Mi improvisado amante me subió al lavabo, vistió su pene con un condón y sin preámbulos de ningún tipo, me penetró. Tenía el culo metido en el lavabo y el grifo se me clavaba en la espalda. Era muy divertido, aunque bastante incómodo. Me puse de pie para que me penetrase por detrás, pero era mucho más alto que yo, con lo cual, la entrada de su miembro era casi imposible. Resolví subirme a la taza del váter y flexioné las rodillas para que la vagina estuviese a la misma altura que su entrepierna. Así fue perfecto.

Me apoyé con las manos en la pared del baño y mi amante me penetró con fuertes y rápidas embestidas. Sus manos se agarraron a mis caderas para asegurar que la penetración fuera total. Soltó una mano para explorar mi ano con el dedo índice. Tuve que morderme los labios para no chillar al sentir aquella incursión anal. Ohhh… Mi vagina llena con su pene, que se movía de forma severa, y el dedo que seguía en mi ano, acompañaba el ritmo de sus movimientos. Me soltó la cadera y tiró de mi melena, obligándome a acercarme a su boca. Me susurró palabras guarras al oído y me mordió el cogote como un gato cuando está montando a su hembra. Un grito mudo salió de mi boca y me corrí mientras el francés me mordisqueaba el cuello. Al ver cómo se convulsionaba mi cuerpo, mi adonis me golpeó el culo una vez más, paró en seco y terminó dentro de mí con tres espasmos, tres grandes contracciones. Nos subimos los pantalones, me arreglé un poco el pelo y salimos. El camino de vuelta a primera clase estaba despejado y volvimos tranquilamente a nuestros respectivos asientos. Sin pronunciar palabra, nos deseamos buenas noches y nos dormimos.

Fue la primera y única vez en la vida que follé con un hombre sin saber su nombre y sin darnos ningún beso. Me sentí un poco puta, pero la experiencia fue muy gratificante.

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