Los Hombres de

                   Rita Rico

31  10 2013

Relato erótico de Rita Rico

mujeres, maduras,mujeres maduras,hombresEl peor titular de mi vida

Qué vida más apasionante tuve con Rafael. Muchos viajes, coches caros, joyas, fiestas, chalet en la playa con su yate y sobre todo sexo, mucho sexo. Vivía un sueño con él, como si fuera una película de Hollywood. Mucho lujo, vicio y perdición.

Me encantaban todas nuestras aventuras sexuales, pero también me gustaban mucho los ratos a solas que pasaba con él disfrutando de nuestros cuerpos en una entrega total de ambos.

Llevábamos cinco años de casados. Tenía treinta años y él cincuenta y cinco. Estaba en pleno apogeo sexual. Ya había experimentado casi de todo con él. Digo con él porque más tarde yo solita probé lo que me faltó en los muchos años de matrimonio.

Rafael además de vicioso era muy detallista y diría que incluso era romántico. Los domingos por la mañana Rafa salía de la cama sin hacer ruido para no despertarme. Se ponía su chándal e iba a correr. Aprovechaba para comprar el periódico y traía también cruasanes recién hechos para desayunar. Leía la prensa, me subía el desayuno a la cama y me despertaba con un dulce beso y con una flor de nuestro jardín en la bandeja. El ritual siempre era el mismo. Desayunábamos y a continuación hacíamos el amor. Era la mejor forma de empezar el día: con un buen orgasmo.

Era un domingo como otro cualquiera. Empezamos a besarnos y rápidamente me calenté. Le quité la ropa, el pantalón y me encontré con su miembro desfallecido. No era habitual en él, Rafa tenía un apetito sexual casi insaciable. Jugué con su flácido pene y ni se inmutó. Le pregunté qué pasaba, si no quería hacer el amor conmigo, y me dijo que sí quería pero que su miembro no le respondía. Su sensación era que no había comunicación entre el cerebro y su pene. No le dimos mucha importancia y lo intentamos más tarde después de comer y nada. Por la noche lo intentamos de nuevo y nada. Me entristeció pensar que su edad le estaba afectando en la erección. Rafael se fue de viaje al día siguiente muy disgustado. Estoy segura que él pensaba lo mismo que yo, que había llegado el tan temido día para los hombres: descubrir que su virilidad ya no será la misma debido a la madurez, que quedaría en el pasado para nunca más disfrutar de ella.

Hablé con mi amiga Marta y me comentó que a su marido le pasaba lo mismo. Ella lo achacó a los continuos viajes, a su agotamiento y la falta de interés por los muchos años que llevaban casados. No podía aceptar lo que me estaba pasando. Era muy joven, estaba en la flor de la edad y quería seguir disfrutando del sexo por mucho tiempo.

Cuando Rafa volvió, después de una semana fuera, lo intentamos otra vez y pasó exactamente lo mismo. Se le ocurrió, al ver mi disgusto, llevarme a una sala de intercambio que íbamos a veces. El local estaba lleno de personas, hombres y mujeres besándose en el bar, comiéndose los morros. Tal imagen me animó y decidimos recorrer las distintas salas. En todas ellas había gente desnuda jugando, pero no había ningún hombre empalmado. Estuvimos mirando un rato para ver si la cosa cambiaba, pero no cambió en absoluto. Todos los miembros masculinos del local estaban desanimados, desinflados como sus dueños. Volvimos a casa, pusimos nuestra canción favorita y empezamos a besarnos, a meternos mano. Rafa tenía muchas ganas pero se sentía impotente al no conseguir que su instrumento empezara a sonar para disfrutar de lo que más le gustaba. Pero no funcionó, nada funcionaba. Mi querido marido al ver mi frustración y preocupación reflejados en mi rostro, me dedicó un señor cunnilingus y me penetró con toda la artillería de consoladores que teníamos. Me corrí, pero me corrí sola. No era lo mismo que con él dentro de mí.

Al día siguiente llamé a mi psicóloga para comentarle lo sucedido y me dijo que varias de sus pacientes le habían contado lo mismo. ¿Qué estaría pasando? me pregunté. No podía vivir sin sexo, sin la penetración.

El informativo de la noche contestó a mi pregunta. Oí el peor titular de mi vida. La Gripe V ya está afectando a miles de varones en el mundo. Ya se habla de una posible pandemia. No se sabe el origen pero su efecto es devastador y muy rápido. El hombre contagiado se vuelve impotente en menos de veinticuatro horas. No tiene un síntoma indicador de haber contraído el virus pero su función viril queda totalmente anulada.

Leí todos los periódicos para contrastar la noticia. Todos decían lo mismo. Incluso leí el New York Times y el Daily Mirror. Todos repetían el mismo titular. La prensa inglesa amplió la noticia diciendo que los casos de los afectados eran irreversibles y que los gobiernos estaban preparando las vacunas solo para los hombres de edad comprendida entre los veinte años hasta los cuarenta. Entendían que esa era la edad idónea para la reproducción, así la tasa de natalidad no bajaría bruscamente y no afectaría a la población mundial. No había vacunas para todos los hombres.

Me quedé de piedra al leer la noticia. Mi marido impotente para siempre. No daba crédito. No podía seguir con él. No podía vivir sin sexo. Era muy joven y aún estaba a tiempo de casarme con un hombre más joven que él, uno que estuviese vacunado. No podía perder tiempo, le pediría el divorcio esa misma noche.

Me acosté pero no me dormí, quise esperar a Rafa despierta para plantearle el divorcio. Pero él llegó con ganas de complacerme, de jugar con su fallecido miembro. Me trajo un montón de regalos en una bolsa. Consoladores de distintos tamaños, de distintos usos como el vaginal y anal, bolas chinas, vibradores para el clítoris y un arnés con un pene de silicona. No quería nada de eso, quería uno de verdad.

—¿Qué te pasa Rita? A ti siempre te gustaron los juguetes. Mira como me queda el arnés. ¿No te gusta?

—No.

—Ven, no seas mala. Abre la boca y chúpalo.

—No quiero chupar  una polla de plástico.

—Acostúmbrate Rita. No habrá más pollas de carne para ti.

—No quiero, por favor no insistas.

—Vamos gatita, abre la boquita y cómemela. Te acostumbrarás. —me cogió la cabeza y me forzó a que introdujera el artefacto en mi boca. Abrí todo lo que pude para pegar el mayor grito de mi vida.

—¡¡¡Nooooooooooooooooooooooooooooooo!!!!!

—Hazlo Rita.

—Quiero el divorcio, quiero el divorcio. —gritaba poseída por el pánico.

—Rita, Rita…

—No quiero, no quiero una de plástico. Quiero el divorcio, quiero el divorcio.

—Rita, Rita… ¡¡¡Despierta!!!

Abrí los ojos y vi a mi marido con su chándal de domingo, con el periódico bajo el brazo y con la bandeja en las manos sujetando un delicioso desayuno acompañado con una flor de nuestro jardín.


2 Responses to “Relato erótico de Rita Rico”

  1. Wowwwww, ya me estaba preocupando!!!

  2. Fue la peor pesadilla de mi vida. No podria vivir sin los penes de verdad. Que mala pasada juega el inconsciente. jajaja

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