Los Hombres de

                   Rita Rico

17  10 2013

Ralato erótico de Rita Rico

maduras, mujeres maduras, tetas, tetas grandesSOLO PARA TU DISFRUTE

Rafael, después del desafortunado accidente de coche cuando le propinaba una esmerada mamada, se quedó un par de semanas sin poder usar su instrumento por los dientes que le clavé al chocarnos con el otro coche. La erección le dolía y mi cuello estaba dislocado. Menuda semanas pasamos sin poder practicar lo que más nos gustaba hacer juntos: el sexo.

Cuando me liberé del collarín y su pene volvió a su color habitual después de haber pasado por el morado, verde, amarillo hasta el color carne, le acompañé a Barcelona en un viaje de negocios. No quería dejarle solo con su recién recuperado órgano viril. Él iba de reunión en reunión y yo de tienda en tienda haciendo tiritar la tarjeta de color platino. Las compras me relajaban pero la falta de sexo me estresaba. Entonces mi querido marido me regaló un masaje para tranquilizarme. Me dijo la dirección y la hora de la cita. Fui sola.

Al llegar al local me atendió una chica guapísima, con rasgos orientales mezclados con los del mediterráneo. Hablaba perfectamente el español, sin acento, a pesar de su apariencia exótica. Me acompañó al vestuario, me dio un biquini blanco, una toalla y unas chanclas. Me cambié, me enrollé en la toalla y guardé mis cosas en una taquilla. Al rato, Li Ming, así se presentó, me llevó a una sala grande con una decoración minimalista. En el suelo había un tatami acolchado cubierto por una sábana blanca, en las paredes había cuadros de paisajes donde el agua era la protagonista y una gran estatua de Buda presidiendo la sala. Al fondo había un biombo de madera negro adornado con dibujos típicos japoneses. La luz era cálida, anaranjada y tenue. Por los estantes había muchas velas encendidas y el olor a incienso daba el toque místico al ambiente. La música relajante de fondo invitaba al relax y al olvido del día a día. Todo muy Zen.

Me tumbé, como me indicó Li Ming, boca arriba con la toalla tapándome el cuerpo. Entró al rato en la habitación y me sorprendió verla en biquini como yo. Mi piel se erizó cuando recordé que este masaje era un regalo de Rafael. No podía ser convencional. Me relajé y dejé que la exótica Li Ming hiciera su trabajo.

Retiró la toalla y empezó por los pies. Se arrodilló, apoyó mi pie derecho en su muslo  y empezó a masajearlo con las dos manos. Sus dedos fuertes y delicados a la vez presionaban la planta del pie. Me untó la pierna con aceite y poco a poco sus manos iban subiendo por mi gemelo quedándose allí un rato. Repitió la misma operación en la otra pierna. Con las dos apoyadas en las suyas empezó a deslizarse con sus manos por mis piernas hasta llegar a los muslos. Se arrodilló con mi pierna entre las suyas y trabajó la cara interna del muslo rozando sus finos dedos en la parte de abajo del biquini. Iba y venía. Rozaba y se alejaba.

Abrió mis piernas y se situó en el centro. Con sus dos manos presionó mis ingles y volvió a echarme aceite. Subía y bajaba por mis piernas y volvía a encontrarse con el biquini. Mojó sus manos en el líquido resbaladizo, alzó mis brazos y desde las ingles pasó a las axilas. Sus rodillas estaban pegadas a mi sexo mientras sus pechos guardados casi rozaban el mío. Juntó mis piernas y abrió las suyas encajando mis caderas entre ellas. Sus manos se deslizaban por mis brazos y nuestros vientres se encontraban en un suave desliz. Se erguía y volvía a inclinarse para pasear por mis brazos hasta las palmas de mis manos. Me las apretó y sentí un cosquilleo al tener sus pechos y su pelvis pegados a mí. Mi cuerpo se estremeció al notar el calor de su sexo cerca del mío. Sentí como se humedecía.

Li Ming se levantó y se puso detrás de mí. Tomó suavemente mi cabeza y la encajó entre sus piernas. Cogió mis brazos y los apoyó en sus muslos. Sus manos impregnadas en aceite recorrieron mi rostro, mis sienes y mi frente en un delicado masaje facial. Sus movimientos eran largos y exquisitos. Mi cuello recibió su parte y el escote también. Soltó los tirantes del biquini y liberó mis pechos. Ella, desde atrás, se deslizaba con sus habilidosas manos hasta mi vientre masajeándole, recreándose allí un rato. Mientras, sus orientales senos pasaban cercanos a mi cara, a mi boca. Bajaba, subía y circundaba mis pechos. Mis pezones enseguida se pusieron duros. Reprimí un gemido. Todo era muy placentero, excitante. Sus manos, su cuerpo tan cerca del mío, la música Zen de fondo, el aroma del incienso. Todo me llevaba a un viaje al mundo de los sentidos.

Me puso boca abajo. Se sentó en mis nalgas,  cogió mis brazos y puso mis manos en su cadera. Se inclinó, tiró de mis hombros y elevó mi cuerpo. Me subía y bajaba mientras su pelvis presionaba mis nalgas. Una y otra vez. Una y otra vez. Se giró sobre mi trasero y levantó todo lo que pudo mi pierna y masajeó mi muslo, por dentro, rozándome otra vez mi parte más sensible. Cogió la otra e hizo lo mismo. Sus dedos descaradamente tocaban mi vagina que estaba tapada por la fina tela del biquini. Un suspiro se escapó de mi boca. Era un placer sentir sus dedos, sus manos que recorrían todo mi cuerpo con suaves paseos en silencio.

Me sentó, se puso detrás de mí otra vez, me encajó entre sus piernas y me abrazó. Me envolvió el vientre con sus brazos, pegó su cuerpo a mi espalda y empezamos a movernos al son lento de la música. Movimientos rectos y circulares. Sus manos subían desde el vientre hasta los pechos rodeándolos y tocando los pezones con los dedos. Sentí calor, mucho calor. Humedad, mucha humedad.

Li Ming se acercó a mi oído y me susurró que mi marido había pagado el masaje especial de la casa: Solo para tu disfrute. Me preguntó si quería seguir hasta al final y le dije que sí.

Me puso boca abajo y volvió a untarme con aceite. Se sentó en mis nalgas y presionó su hueso pélvico en mi ano. Mientras, sus manos recorrían mi espalda hasta el cuello. Se quitó la parte de arriba del biquini y sustituyó las manos por los pechos. Se frotaba en mi espalda con ellos. Arriba, abajo. Me puso  culo en pompa y retiró mis bragas. Abrió mis piernas y sus dedos se encontraron con mis labios. Mi piel se erizó entera al contacto de sus dedos. Gemí. Mi sexo estaba mojado y resbaladizo como el aceite. Ella se recreaba con él deslizando sus dedos por mi hendidura pero sin meterlos. Estaba excitada, exaltada y deseosa de participar en el juego. Pero era un regalo solo para mi desfrute y me dejé hacer.

Me dio la vuelta y vi su entrega y profesionalidad en hacer un trabajo bien hecho. Mojó bien sus dedos en mi lubricación y dibujó con ella un camino por mi vientre, pasando por mis pechos hasta llegar a mi boca. Disfruté de mi propio sabor chupando sus dedos.

Sin dejar de acariciarme, Li Ming se arrodilló entre mis piernas, las abrió y las subió a sus hombros. Mis caderas elevadas, le daban  fácil acceso a mi sexo, a mi clítoris. Su dedo pulgar lo presionaba, lo masajeaba. Mi cuerpo se contraía por la descarga eléctrica que me provocaba. Me entraron ganas de cogerla, besarla e implorarla que me penetrara con su lengua, con sus dedos. Pellizqué mis pezones y un grito de placer salió de mi boca mientras la oriental masajista frotaba mi clítoris enérgicamente.  Estaba a punto de estallar cuando ella me bajó de sus hombros, se puso a mi lado y con una mano tocaba mi pecho, con la otra me agarró el pubis y deslizó los dedos a mi vagina. Introdujo tres dedos y con el pulgar siguió frotándome el clítoris. Metía y sacaba sus dedos al ritmo de mis gemidos. Sus movimientos eran cada vez más rapidos hasta que exploté en las delicadas y asiáticas manos.

Como una buena profesional del masaje, se levantó, me tapó con la toalla y salió de la sala.

Me quedé relajada y a gusto en el tatami. Me encantó el regalo de Rafa pero no sabía si debería contarle que accedí a que una mujer me masturbara sin que él estuviese en el juego.

Mis dudas al rato se aclararon cuando vi a mi querido marido salir de detrás del biombo.

¿Rafael voyeur?


2 Responses to “Ralato erótico de Rita Rico”

  1. Buffff, tremendo relato! Ganas de estar en el lugar de Rafael!

  2. Rafael es muy afortunado…

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