Los Hombres de

                   Rita Rico

26  09 2013

Relato erótico de Rita Rico

SEXO MUJERES MADURA¿Quién manda aquí?

Que bronca me cayó después del estreno del ballet. Rafael se enfadó mucho conmigo cuando era yo la que tenía que estar cabreada con él por el plantón. Al contrario, estaba muy relajada después de presenciar el polvo callejero y participar en él de forma indirecta. Me divertí mucho con el espectáculo casi privado. Digo casi porque seguro que, en alguna de las muchas ventanas de los edificios que hay en Pintor Rosales, había algún mirón que se lo pasó tan bien con la parejita como yo.

Rafael era muy dominante. Todo tenía que ser cuándo y cómo él quisiera. No tenía en cuenta mis necesidades ni mi opinión. Pero me dejaba dominar a gusto porque él siempre me sorprendía con algo nuevo. Era mi marido y mi camello. Estaba enganchada a esa droga tan placentera que es el sexo.

No podía pasar tanto tiempo sin sentir algo dentro de mí, sin sentirle. Me dejó quince días sin sexo. Se fue de viaje, como siempre, pero no volvió en dos semanas. Lo habitual era estar unos cinco días, nunca más. Creí que me moría sin ver a mi hombre, sin tenerle. Me entró miedo de perder a Rafa y decidí preparar una noche inolvidable. De camino a casa me llamó preparando el territorio. Yo ya tenía un plan.

Le preparé una buena bienvenida. Le recibí con un picardías negro de tul y encajes, de tirantes, con un generoso escote que me resaltaba mis turgentes pechos. Las braguitas eran del mismo color del tul, transparentando mi vello púbico. Y, por supuesto, en los pies, mis sandalias más altas.

Llegó con muchas ganas de tenerme, de poseerme, estaba descontrolado, desesperado por un momento de placer con su mujer. Me besó la boca, el cuello, el escote. Le calmé y nos fuimos a la planta de arriba, a nuestro baño. Le desnudé, le acaricié con las manos de arriba abajo y pasé la lengua por su pene, que estaba erecto e impaciente. Rafael me cogió la cabeza y me invitó a que le hiciera una felación. Me negué. Tomé su mano y le metí en el jacuzzi, que había preparado con antelación. Le dejé solo.

Mientras se relajaba en la bañera, encendí unas treinta velas en la habitación y un incienso. Puse el CD de la banda sonora de Memorias de África, que nos encantaba por traernos el recuerdo de nuestra luna de miel en el Serengueti. En la almohada puse un antifaz. Le llamé y le ordené que se echara boca abajo y se tapara los ojos. Me obedeció igual que yo le obedecía, sin pestañear.

Sin decir una palabra empecé a lamerle los pies, se los besé suavemente. Seguí mi camino por la pierna derecha, dejando un reguero de saliva, hasta llegar al culo. Bajé al otro pie y volví a subir por la otra pierna lentamente, llegando a las duras nalgas. Allí le di pequeños mordiscos, lametones y besos. Continué por la espalda, bailando con mi lengua hasta llegar al cuello, lo lamí de un lado al otro y le mordí la nuca un poco más fuerte, él chilló.

—¡¡¡¡Chsss!!!!

Mordí el lóbulo de su oreja izquierda y lamí la otra. Me levanté, cogí el aceite aromático de la mesilla y lo esparcí por todo su cuerpo, desde los pies hasta el cuello. Me quité el picardías y las bragas. Con las manos, empecé a deslizarme por sus piernas, me incliné sobre su cuerpo, pero sin rozarle con el mío, masajeándolo hasta el culo. Lo froté suavemente y separé sus nalgas. Mi lengua exploró el ano, intentando penetrarlo.

—Ahh, Rita, cómo me gusta. Sigue.

—Chsss… o tendré que amordazarte.

Me mojé los dedos en jugo vaginal e impregné su orificio. Es el mejor lubricante. Muy despacio empecé a meter un dedo, pude sentir lo apretado que estaba. Pero, poco a poco, Rafael se iba relajando y mi dedo entraba con más facilidad. Dentro, fuera, dentro, fuera. Su ano recibía con alegría a mi dedo. Entonces me atreví a meter otro. Rafael disfrutaba, expresándose únicamente con gemidos. Me apoyé sobre su espalda, retiré los dedos y los sustituí por un pequeño vibrador anal que previamente había untado con lubricante. Al principio lo metí sin vibración. Rafael se quejó de dolor, pero yo sin piedad se lo metí entero en el culo. Una vez entró por completo, empecé a moverlo lentamente en su orificio virgen y activé el vibrador. Rafael ya no se quejaba, disfrutaba. Qué placer sentí al introducirlo entero, placer y poder sobre mi hombre que estaba a mi completa merced.

Retiré el pequeño aparato vibrador de su ano, presioné la barbilla contra su coxis y empecé a deslizarme por la columna, por toda la espalda, subiendo y bajando con movimientos rectos y circulares. Cuando subía hasta el cuello mis pechos resbalaban por su espalda. En la nuca los movimientos eran circulares e iban de un lado a otro. Al llegar a las orejas, él oía mi respiración fuerte y profunda. Me deslicé por su cuerpo un par de veces más y me retiré sin decir nada. Fui hasta el armario, de donde saqué las esposas con una larga cadena de piel, para atarle las manos a lo largo del cuerpo. Un ruido metálico sonó al cogerlas.

—Ese ruido me suena, Rita. ¿Qué vas a hacer?

No le contesté, me puse de rodillas en la cama y le esposé.

—Date la vuelta.

Al girarse, comprobé que su erección era impresionante. La cabeza estaba más lisa y brillante que nunca. Era una tentación verla y no metérmela en la boca. La felación era lo que más le gustaba y me encantaba complacerle chupándolo hasta que se corriera en mi boca. Pero quería castigarle por haberme dejado dos semanas sin sexo.

Repetí el mismo proceso por delante, pero sin tocarle el miembro. Le lamí todo, le eché aceite y le masajeé. Él seguía sin poder ver nada con el antifaz puesto. De esta forma, los demás sentidos estaban más agudizados de lo normal.

Me mojé otra vez los dedos en el sexo y se los metí en la boca. Los chupó como si fuera la primera vez que probaba mi fluido. Me puse en cuclillas sobre su cara y la lengua salió al encuentro de los labios y el clítoris. Me los comió, lamió, chupó. Estaba hambriento. Seguí en su boca hasta que alcancé el orgasmo, pero aquello no era suficiente para sentirme vengada.

Me retiré otra vez y, a horcajadas, me senté sobre mi marido. Empecé a cabalgar sobre el falo de mi compañero de cama muy lentamente, disfrutando de cada centímetro de él. Arriba, abajo, arriba, abajo. Dentro, fuera, dentro, fuera. Aumenté el ritmo de mis movimientos. Contraía los músculos de la vagina para presionar más su arma, que no tardó mucho en dispararme toda la artillería líquida y blanca en mi interior. El arma y la munición de Rafael me mataron. Me mataron de satisfacción. Me dejé caer sobre su cuerpo y le besé en los labios.

—Me vuelves loco. Te quiero, gatita.

Me levanté dejándole en la cama esposado, con los ojos tapados, y me fui a la ducha. Desde el baño oía como me llamaba para liberarle. No le contesté y seguí con mi relajante baño satisfecha de mi fechoría.


4 Responses to “Relato erótico de Rita Rico”

  1. Esto ya es sadismo! Pero del bueno! hahaha

  2. Segun la RAE sadismo significa:
    1. m. Perversión sexual de quien provoca su propia excitación cometiendo actos de crueldad en otra persona.
    2. m. Crueldad refinada, con placer de quien la ejecuta.
    Me quedo con el segundo porque soy muy refinada y senti mucho, mucho placer. hahahaha!!!!!

  3. ¿Cuanto tiempo le dejaste esposado? ¿Minutos, horas, días…?

  4. Muy poco. Estuvo esposado mientras me hacia un tratamiento facial, otro corporal y despues me tire un buen rato relajandome en el jacuzzi. Unas dos horas.

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