Los Hombres de

                   Rita Rico

09 2013

Relato erótico de Rita Rico

senos turgentesEntrevistada a fondo

Mucho antes de ir con Rafael, mi primer marido, a las salas de intercambio de parejas o salas liberales, como muchos las llaman, mi querido esposo me fue introduciendo en el excitante y variado mundo del sexo, poco a poco. Muchas veces me puso en situaciones embarazosas para mi corta edad, corta pero muy inquieta; viciosilla y con muchas ganas de probar  todo. Todo, con él, solo con él. Estaba completamente hechizada, me dominaba. Encantada le seguía y me entregaba a todos sus juegos.

El primer año de matrimonio fue delirante, estábamos de luna de miel constante, a pesar de sus continuos viajes por trabajo. Cuando él no estaba, me sentía muy sola y aburrida. Le comenté que iba a buscar trabajo para ejercer la profesión que había escogido, psicóloga. Él estuvo de acuerdo e incluso dijo que me ayudaría llevando mi currículum al departamento de Recursos Humanos de la multinacional que él presidia. Me llamaron para una entrevista. Me vestí bastante formal con un traje de chaqueta y falda, sencillo pero elegante a la vez.

Al llegar al edificio, la secretaria del director de RRHH me invitó a que entrara en su despacho y le esperara. Estaba nerviosa. No estaba segura de que todos en la empresa, supieran quién era. Me presenté como Rita Rico.

Al oír la puerta que se abría y se cerraba detrás de mí, sentí un escalofrió que erizó mi piel. Entró un señor muy elegante, con su traje y corbata impecables, y con unos increíbles ojos azules. Llevaba mi curriculum, me dio un apretón de manos y se sentó en su sillón de piel. Comentó brevemente mis datos y los estudios y se puso a dictarme una carta. Le interesaba como secretaria de dirección. Pero antes propuso que me pusiera  cómoda quitándome la chaqueta. El top que llevaba debajo no era precisamente discreto, era bastante escotado. Al coger el bolígrafo que me ofreció, por el temblor de mis manos, se cayó, obligándome a agachar y a darle una perfecta visión de mis generosos senos.

—Perdone mi torpeza.

Él se levantó, se quitó la chaqueta y aflojó la corbata. Me pareció oírle, entre dientes, que me perdonaba todo por ese par de tetas.

—¿Cómo dice Sr.? —pregunté un poco mosqueada.

Se puso detrás de mi silla y empezó a dictar la carta. Escribía y sentía como él, desde otro ángulo, seguía comiéndome las tetas con los ojos. Cometí un error en la escritura y, él desde atrás, pasó su brazo por mi hombro, puso su cara a la altura de la mía e indicó el error con el dedo índice en el cuaderno. Inhaló profundamente. Mi vello se puso de punta al sentirle tan cerca.

—¿Qué perfume lleva Ud., Señorita Rico?

—Es una nueva fragancia. Se llama Tentación. —otra vez, entre dientes, me pareció oírle, que yo sí que era una tentación.

—Perdón, no le he entendido.

—Huele Ud. muy bien.

—Gracias, Sr. ¿Seguimos? —se notaba tensión en el aire.

—¿Por dónde quiere que sigamos?

—Por donde quiera, Ud. decide.

Se alejó, se quitó la corbata y se sentó en el sofá frente a mi silla. Empezó a dictar rápidamente la carta. No podía seguirle. Paré de escribir y el paró en seco de dictarme. Mi instinto provocador hizo que cruzara lentamente mis piernas, dejando al interlocutor disfrutar de lo que había escondido debajo de la falda.  Se puso nervioso, volvió a dictar la carta tropezándose con las palabras. Su frente estaba empapada en sudor.

—Hace demasiado calor aquí, ¿verdad?—se secó la frente con un pañuelo.

Me levanté, me acerqué y le toqué la frente.

—Está Ud. ardiendo, Sr.

Él enloquecido por la cercanía de mis tetas en su cara, las cogió con las dos manos y las estrujó. Metió su nariz entre ellas y las olió.

—Su perfume me vuelve loco, es una Tentación.

Me arrodillé en el sofá con sus piernas entre las mías. Me quité el top, y él desabrochó el sujetador. Acarició los pechos, me mordió el cuello y nos besamos. Hábilmente sus manos bajaron la cremallera de la falda, me puse de pie y se resbaló por las piernas hasta el suelo. Sacó su lengua y empezó el recorrido desde mis pechos hasta mis bragas. Las mordió y las bajó hasta los pies. Desde el sofá, sin levantarse, humedeció su lengua en mi néctar que ya era muy abundante. Hummm…que placer sentí con su viciosa lengua. Agarré su pelo obligándole a ponerse de pie. Nos besamos con las lenguas enloquecidas y deseosas de diversión. Desabroché el pantalón y comprobé que su erección era espectacular. Se deshizo de sus prendas, me cogió en brazos y me tumbó sobre su escritorio, pero antes, enfurecido, tiró al suelo todos los objetos que había en él. Me abrió las piernas y me dedicó un delicioso cunnilingus. Aaahhhh…me mordí el labio y reprimí un fuerte gemido.

—Siga, Sr. ¡Qué bien lo hace! —mi respiración era profunda y mi voz temblaba.

—Me pone a mil, Srta. Rico —estaba exaltado y en un arrebato retiró su lengua y me puso boca abajo.

Llegó el momento que más me gusta. La penetración. Quería que me poseyera con rabia y con prisa dada la delicada situación. El miedo que me daba que nos pillasen, me entusiasmaba más. Siempre me dio mucho morbo este juego. Pero parecía que a él no le importaba. Me penetró lentamente. Me torturó al principio con movimientos largos y tranquilos, disfrutando de cada milímetro de la acogida de mi húmeda y caliente guarida.

—Más rápido, Sr… más rápido, por favor.

Mi petición fue atendida y el entrevistador metió a fondo su miembro hasta mis entrañas con fuertes embates. Me agarré con fuerza al borde del escritorio mientras me deleitaba con los golpes de su pelvis en mis nalgas. Me sacudía entera. Sus embestidas eran cada vez más fuertes, más rápidas. Tiró de la melena irguiéndome para comerme la boca. Su lengua me lamió los labios, la cara. Estaba descontrolado, enloquecido. Me puso boca arriba y volvió a penetrarme, pero esta vez sin compasión. Su cara estaba cubierta de sudor y su mirada azul estaba poseída por la pasión.

—Me vuelves loco, Rita.

—No pares, no pares… Aaaahhhh…

—Me voy, Rita. Me voy… Aaaahhhhhh…

Nos corrimos juntos, una buena y larga corrida. Se echó sobre mi cuerpo y me dio un tierno beso en los labios. Por el interfono escuchamos a su secretaria avisándole que el Director de RRHH se aproximaba.

—¡¡Me cago en la leche!! Rápido, coge tus cosas y escóndete debajo del escritorio —me metí desnuda con todo lo que pude pillar, dejando una de las sandalias al lado del sofá.

Se sentó en el sillón, llevando solo la camisa. Me encajé entre sus piernas. Oí una voz grave diciéndole que los demás directivos le esperaban en la sala de reuniones.

—En cinco minutos estoy allí. Tengo que terminar algo muy importante, gracias.

El directivo al irse  tropezó con mi calzado.

—Entiendo, Rafael. Allí le esperamos. —cerró la puerta y se fue.

Rafael se separó del escritorio y asomé la cabeza.

—Casi nos pilla, Rafa.

—Casi, no. Nos ha pillado. Se tropezó con tu sandalia.

—Lo siento. No me dio tiempo a recoger todo —le extendí la mano. —Ayúdame a salir.

—Espera que lo piense… nos han pillado…llevo solo la camisa puesta… estás de rodillas en el suelo… No sé qué voy a hacer con Ud., señorita Rico.

—Dígame Sr. Serrano. ¿Qué podría hacer para recompensarle de mi error?

—¿Me haría Ud. una mamadita?


4 Responses to “Relato erótico de Rita Rico”

  1. Si los despachos hablaran…. Desde Bill Clinton, en plena preidencia con su becaria hasta el más oscuro jefecillo de poca monta, los que tienen despacho encuentran un morbo especial en usarlo para follar. Conozco algún caso de cerca. Vamos a ver a qué más juega Rita con su marido morboso. Se ve que se casó con un hombre a su medida.

  2. No lo sabes tú bien con quien me casé. Fueron 10 años de lujuria, vicio y desenfreno. Hummmm…qué bien me lo pasé.

  3. Qué marido más divertido y pervertido tienes. Con él seguro que no te aburres nunca. Echaba de menos tus relatos. Gracias.

  4. Gracias a ti por leerlos. Pues, sí. Con Rafael nunca me aburría, pero cuando él estaba conmigo, que no era muy frecuente. Su culo pasaba más tiempo en los asientos de los aviones que sentado placidamente conmigo. Pero él siempre recompensó sus ausencias brindandome momentos muy agradables y excitantes.

Leave a Reply


ocho − 5 =

« »