Los Hombres de

                   Rita Rico

06 2013

Relato erótico de Rita Rico

Si el probador hablase

Por fin llegó el tan ansiado sábado. El sábado que quedé por primera vez con Alfredo. Estaba nerviosa, ansiosa, deseosa de tenerle y descubrir qué gran misterio ocultaba este hombre. Me pareció increíble que me dejara en casa la noche del concierto, después de decirme que me echaba mucho de menos, que me estuvo esperando a que terminara mi relación con Ulises y después del calentón en el coche. Me hizo pensar que había gato encerrado. Le puse de bandeja todo mi cuerpo para su disfrute, y ni siquiera se empalmó. No estaba acostumbrada a eso. Con todos los hombres que me enrollé, nada más tocarles o besarles, se volvían locos y sus penes enseguida se ponían firmes ante la promesa de pasárselo bien. Pero mi querido Alfredo ni se inmutó, al menos su tan preciado miembro.

Lo pasé fatal aquella noche y sola en casa me desahogué. En mi cama bajo las sabanas mis manos, simulando las suyas, buscaron mis tetas y las acariciaron. Cuando mis pezones se pusieron duros después de los pellizcos que recibieron, bajé mi mano para ir al encuentro de mi botón mágico. Hummm…ya estaba mojada. Me encantaba sentir mi propio gel escurriendo entre mis dedos después de friccionar mi clítoris varias veces. Me los llevé a la boca para  saborear mi propio fluido. Cuando juego sola, me corro muy rápido. Voy directamente en búsqueda del orgasmo introduciendo mis dedos todo lo que puedo en mi cueva caliente, húmeda y toco frenéticamente mi clítoris. Aaahhh… Apagué la luz y me dormí plácidamente.

Tenía que utilizar todas mis armas de mujer para llevar a Alfredo a la cama. Una de ellas es vestirme lo más sexy posible. Exploro lo que mejor tengo y oculto lo que no me gusta de mi anatomía. Realmente no tengo mucho que ocultar, solo mi estatura me molesta. Pero ¿para qué están los tacones?

Salí de compras y me fui a una tienda que me gustaba mucho en la calle Fuencarral. Era sábado y el comercio estaba lleno. El dependiente, que estaba como un tren, no daba a basto en atender a tanta gente. Me busqué la vida, cogí varios vestidos y aproveché para probar unos bikinis monísimos que estaban de oferta.

Todos los vestidos que cogí tenían una larga cremallera en la espalda. Eran muy ajustados, me costaba mucho subirlas. Abrí la puerta de mi probador y desde allí intenté localizar al dependiente para que me ayudase. Imposible. Salí con el vestido abierto por detrás y me choqué con mi Sr. X con varias prendas en la mano. No era el chico que me atendió pero pensé que era el refuerzo que había llegado. El Sr. X de unos treinta años, más guapo que el otro dependiente, me miró de arriba abajo y me preguntó si podía ayudarme. Entregó la ropa que llevaba en las manos a una persona del probador de al lado y le pedí que me subiera la cremallera. Mi Sr. X estaba afónico porque me hablaba susurrando, casi cuchicheando. Entré en el probador y cambié de vestido y al abrir la puerta mi Sr. X seguía allí esperándome. Me dijo al oído que el vestido me sentaba como un guante y que el escote no hacia justicia a mis turgentes y generosos senos. Me extrañó la declaración del chico pero en mi entrepierna se dibujó una enorme sonrisa. Puse un tercer vestido con más escote, le llamé con el dedo índice y le invité a que entrase al probador. No dudó, entró, me cerró la cremallera por detrás y con las mismas me agarró las tetas. Su cara reflejada en el espejo era de pasión, de deseo. Me gustó lo que vi y entonces mi culo instintivamente se pegó a su paquete y se frotó en él. Sentí bajo sus vaqueros su erección que me decía que lo iba a reventar. Me di la vuelta y empecé a comerle los morros y mi experta mano bajó y le abrió su bragueta dándole libertad a su miembro duro y brillante. Bajé sus vaqueros hasta los pies y me quedé en el camino para probar su delicioso falo con mi lengua. Lo metí en la boca hasta la garganta. Mi Sr. X, después de mi tortura bucal, se sentó en el taburete del probador, me dio la vuelta, me bajó la cremallera del vestido y lo deslizó por mi cuerpo llegando al suelo dejándome solo con las bragas. Volvió a coger mis tetas y me las comió como un perro muerto de hambre. Soltó mi pecho para contestar a una voz femenina que del otro lado del probador le pedía una talla más grande del pantalón que se estaba probando. Descubrí en este instante que él no era el dependiente y sí alguien que acompañaba a una fémina en las compras. Me calenté mucho más al saber que su pareja estaba a cinco centímetros de pladur de nosotros. Me quité rápidamente las bragas, me senté sobre su estaca y cabalgué sobre ella dándole la espalda. Mi Sr. X después de la llamada de su hembra, tenía prisa y sujetándome por la cintura me levantaba y me bajaba sobre su miembro que me llegaba hasta mis entrañas. Ohhhh…que compra más excitante.

Estuve un rato más ensartada en su espada, cuando mi Sr. X decidió terminar la faena de pie. Seguí de espaldas a él con mis manos apoyadas en el suelo para facilitar la entrada de su impaciente amigo. Me embistió con fuerza y un gemido silencioso, reprimido se escapó de mis labios. La voz femenina de al lado volvió a reclamarle el pantalón, pero de esta vez él no contestó. Estaba muy ocupado sacudiéndome entera con sus fuertes golpes. Cuando mi Sr. X vio que yo me retorcía con él en mi interior, sacó su miembro y dirigió su orgasmo a la pared del probador. Menos mal que no cayó en los varios trapitos que había cogido para probar. No podía pagar todo lo que llevaba.

Él se subió su pantalón y cogió el último vestido que me había probado y miro la etiqueta. Mientras me vestía, sin que me diese cuenta, puso el dinero del valor de la prenda, abrió la puerta con cuidado y se fue del probador. Desde dentro oí como él hablaba con la mujer que le acompañaba. Limpié la pared con pañuelo de papel y cogí todo lo que me había probado. Encontré el dinero que me había dejado y me sentí bastante puta. Un desconocido me folló y me pagó. ¿Cómo devolverle el dinero? Eso sería delatarme a mí misma en la tienda y tener con su pareja un altercado.

Me fui a la caja para pagar el vestido que un amante fugaz me regaló. Para mi sorpresa él aún estaba en la tienda, en la cola para pagar. Me puse detrás de él y pude sentir su adrenalina, su miedo a ser descubierto. Al rato se acercó una señora mayor y le entregó unas prendas masculinas. No me extrañó nada que se volviera loco conmigo, porque aquella mujer le doblaba la edad, por eso me pagó por el excitante rato juntos. No se podía comparar mis carnes prietas con la de su amante sexagenaria. Sería un gigolo.

Cuando les tocó pagar, la mujer como era de esperar, sacó su visa oro y pagó la cuenta. Además de oler sus hormonas podía ver como su frente brillaba por el temor a que le delatase y perdiese su chollo con la vieja. Me divertía la situación. Cuando se dio la vuelta para marcharse, como siempre me gustó provocar, le dije adiós y educadamente le mencioné que fue un gran placer conocerle. La señora le preguntó que de que nos conocíamos y él le contestó que yo le había confundido con otro. La señora le dijo que yo era muy guapa y que podía ser una perfecta novia para él. Y le oigo decir ‘ya tengo novia mama’. Y se fueron.

Me quedé de piedra. Era su madre y estaba claro que su novia no le gustaba nada. Ni a ella ni a él tampoco.

Desde ese día dejé de juzgar a las apariencias porque siempre o casi siempre ellas te engañan.


4 Responses to “Relato erótico de Rita Rico”

  1. Las cosas no son lo que parece. Me encantó el relato !!

  2. Es cierto. La mayoria de las veces nos equivocamos en nuestros juicios. Pero lo mejor es cuando te das cuenta de ello.

  3. Falta saber la talla. ¿El maromo era S, M, L, XL o XXL?

  4. ¿Aún no te ha quedado claro mi querido y fiel seguidor Fernando, que el olfato de Rita casi nunca se equivoca con respecto a las tallas? Suelen ser L o XL y el chico del bar XXL.

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