Los Hombres de

                   Rita Rico

05 2013

Relato erótico de Rita Rico

Confesión inconfesable

Era otoño y las clases ya habían empezado. Me alegré mucho de ver a mis colegas de la facultad pero el que más necesitaba ver no apareció por allí. Alfredo. Sus más allegados me dijeron que él había vuelto de los EEUU y que estaba montando un gabinete de psicología. Me frustró no encontrarle. Pensé en pedirle una consulta solo para verle pero aún no la había inaugurado. El curso anterior, el pasó todo el año detrás de mí. Yo pasé de él y lo peor es que me daba placer rechazarle. Ahora que no le veo andaba como una perra detrás de él.

Caminando por la calle a la vuelta de la facultad, varios pensamientos me atormentaban: ¿Qué me está pasando? Me preguntaba una y otra vez. ¿Soy masoquista? ¿Soy mala? O ¿simplemente soy una chica caprichosa, mimada, consentida y perversa con el sexo opuesto? El chico del Círculo de Lectores, virgen él, me dio pena cuando se fue. Pero en el momento que le torturé, masturbándome sin que pudiese tocarme o penetrarme, disfruté mucho de su deseo frustrado, reprimido por mí y para rematar, cuando él se corrió precozmente, le dije que él no me valía para nada.

Definitivamente era mala. Necesitaba calmar mi necesidad de tener a un hombre entre mis piernas o un generoso falo en mi boca. Iba distraída con mis inquietudes cuando encontré una moneda en el suelo. Me agaché, la recogí y vi que estaba delante de una iglesia. Pensé que era una señal y que debería entrar y confesar mis pecados. No creía en ello pero tenía que desahogar con alguien y quien mejor que un cura con secreto de confesión.

Entré y no vi a nadie. Me senté en la primera fila cerca del confesonario. Al rato salió una señora de él con un pañuelo en la mano secándose las lágrimas. Me pareció en este momento que era una tontería hablar con un párroco. Decidí marcharme cuando oí una sensual y masculina voz dándome la bienvenida a la casa del Señor. Me di la vuelta y vi a mi Sr. X vestido completamente de negro, camisa y pantalón, con su alzacuello blanco. Era como una aparición de la Virgen de lo guapo que era. Tendría unos treinta y muchos años. Un viejo para mis veintiún añitos. ¡Qué bueno está! Ese era el primer pensamiento que debería confesarle.

De pronto me vi de rodillas, metida en una caja de madera con puerta,  hablando con un desconocido a través de una rejilla. No sabía cómo empezar pero él me tranquilizó pidiéndome que le contara todo lo que me aquietaba. Me dijo que no tuviera miedo porque Dios nos perdonaba todo. No hizo falta que él insistiese mucho. Me lancé y empecé a contarle que desde muy jovencita me tocaba por las noches o en la ducha. Que lo hacía a diario. Le dije que me encantaba meterme los dedos y sentir mi cueva caliente y húmeda. Mojaba los dedos y me los chupaba. Que me gustaba mucho mi propio sabor. Que no podía pasar mucho tiempo sin tener un pene dentro de mí. Y además no me valía de cualquier tamaño. Tenía que ser grande y gordo para que me llenase toda. Le confesé mi edad y que ya había estado con muchos hombres. Paraba de vez en cuando de hablar cuando él me interrumpía ‘sigue, sigue hija mía. No pares’.

Seguí contándole que siempre fantaseaba con dos hombres en la cama. Quería tener a dos miembros a la vez dentro de mí. Uno en la boca y el otro en mi vagina. Hice otra pausa y sentí que la respiración de mi oyente-intermediario-autorizado era más fuerte, entrecortada. ‘¿Le pasa algo Padre?’ Me ordenó que siguiera confesándole con todos los detalles. Intenté verle a través de un agujerito de la rejilla y me pareció que se estaba tocando. No estaba segura dada la penumbra que había en su lado del confesonario. Mi instinto perverso me atacó otra vez y estaba muy influenciada por la serie El pájaro espino. Era a mediados de los 80. Empecé a describirle como hacia la mamada a todos mis amantes, con la intensión de provocarle. Le decía que me gustaba meter el falo entero hasta darme arcadas. Que recorría con mi lengua juguetona el pene desde los huevos hasta la cabeza recreándome en ella y tragando sus fluidos. Tartamudeando me preguntó el descarado cura ‘¿les aprietas con fuerza sus testículos?’ Al que le contesté susurrando ‘sí con mucha fuerza’. De repente oí un gemido. ‘¿Se está tocando Padre?’

El sonido proveniente del otro lado de la rejilla, cesó en el acto con mi pregunta y él pronunció mi penitencia. ‘Diez Padres Nuestros y cinco Aves marías’. ‘Pero si no se rezar padre. ¿Me enseñaría Usted?’ Le espeté.

Salimos de la caja de madera y nos dirigimos directamente a la sacristía donde él tenía unos libritos de oraciones y que además quería obsequiarme con algo que me encantaría. Mi entrepierna se mojó y mis labios sonrieron pensando en el gran regalo que él me haría.

Me dio el librito de oraciones y me hizo el ansiado regalo. Un rosario para que cumpliera con mi penitencia. Me quité la cazadora, cogí de sus manos el rosario acariciándole sus dedos y me lo puse en el cuello cayendo el crucifijo entre mis generosos y jóvenes pechos. Él cogió el rosario por la parte del crucifijo rozando mis tetas. Mis pezones en el acto se erigieron al contacto de su mano. Miré a su bragueta y comprobé que la fina tela del pantalón no podía ocultar su erección. Había mucha tensión sexual. Y saber que ellos hacen el voto de castidad provocó en mí un deseo salvaje que lo rompiese. Le dije que tenía una última confesión. ‘Desde hoy le voy a incluir en mis fantasías imaginándome que  Usted, Padre, me posee todas las noches’.

Me gritó y me ordenó que me pusiera de rodillas. Desabrochó su pantalón, sacó su rosado y duro miembro. ‘Castigada. Chúpamelo mientras pronuncio las oraciones para que aprendas’.

Mientras él rezaba todo el rosario me esmeré comiéndole su consagrado pene. Mi Sr. X me sujetaba la cabeza y de vez en cuando paraba de orar para orientarme en los movimientos, ritmo y presión. Cuando él ya estaba terminando el rosario,  lo hacía cada vez más rápido y pasaba de una oración a otra entre gemidos, retiró su cirio y se corrió en el aire. Yo grité ‘aleluya’ y él como un buen cura dijo ‘Amén’ al terminar.

Me levanté, puse mi cazadora, cogí los regalos y me disponía a marcharme cuando él me detuvo en la puerta de la sacristía y me dijo ‘hija mía, para que el Señor te perdone por este pecado, debes rezar otros cinco Padres Nuestros. Y siempre que tengas inquietudes espirituales, no dudes en volver a mi casa, digo a la casa del Señor. Y Que Dios te acompañe’

Me encanta la Iglesia Católica. Pecas, pecas y pecas y con unas cuantas oraciones ya puedes volver a pecar.


6 Responses to “Relato erótico de Rita Rico”

  1. Me he puesto a cien imaginandome el momento. Genial Rita, me encantaria haberte conocido en sus tiempos, un beso

  2. Hola Javi. Gracias por tus encantadoras palabras. Si buscas, buscas y buscas puedes encontrar alguna Rita Rico pero te adivierto que son copias. jajaja!!!

  3. Si el rosario se rezara como en el relato seguro que habría muchos más creyentes. Eso sí que es misticismo del bueno.

  4. Ya lo creo que sí. Después de esta catequesis-express que me dio el cura pude entender, años más tarde, el porque hay tantas beatas.

  5. Eso sí que es un éxtasis y no el de Santa Teresa!!

  6. Te ha gustado, heim???? Disfruté mucho. Pero nunca lo confesé. Hasta hoy.

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