Los Hombres de

                   Rita Rico

18  04 2013

Relato erótico de Rita Rico

Un diálogo muy corto

El verano no había terminado todavía. Las clases en la facultad no empezaban hasta octubre. La posibilidad de ver a Alfredo era nula porque no sabía cuándo volvería de los Estados Unidos. El Sr. X del baño del bar me dejó con las ganas de un sexo más convencional, más cómodo. En la cama. Me apetecía algo más normal, con caricias, juego de cuerpo a cuerpo, piel con piel. Estaba un poco cansada del ‘aquí te pillo, aquí te mato’. Echaba de menos, después de tres meses descontrolada, desatada, esclava de mis hormonas aún sin madurar, a la clase de sexo que tenía con mi ex Ulises.

Necesitaba buen sexo, con calma, dedicación, dulzura. Quería que disfrutáramos, mi Sr. X y yo, de cada centímetro de nuestros cuerpos entregándonos mutuamente. Yo sabía que eso solo era posible cuando hay sentimiento de por medio y en un polvo de una noche solo hay de una clase. Ganas de follar y punto.

Mi prima de Málaga me invitó a pasar una semana de septiembre en casa de unos amigos en Conil de la Frontera, Cádiz. Eran las fiestas del pueblo y venía gente de todas partes. En la pequeña ciudad montaron la típica feria con su mini parque de atracciones, hippies vendiendo su artesanía, chiringuitos de comidas y bebidas y las clásicas carpas para tomar copas y bailar. Allí era donde pasábamos más tiempo. Pero para llegar a las carpas pasabas por toda la feria oyendo a cada veinte pasos sonidos estridentes de cada atracción con sus empleados chillando para llamar la atención de los niños, de sus padres y de los no tan pequeños. El de la tómbola chillaba sus números, el del gusano tenía su música a tope y el del tren fantasma gritaba de forma terrorífica.

Con este estrés, bombardeo auditivo-visual-mental, llegabas a las carpas con más ganas de consumir alcohol para relajarte y para poder hacer el recorrido de vuelta recibiendo ese sinfín de información histérica de una feria sin que te molestara.

Con las dos copas que traías de la feria, te ibas a los bares que se concentraban en una de las múltiples pendientes del pueblo para seguir la marcha. La calle José Tomás Borrego más conocida por los turistas como la calle de los bares. Nos sorprendió ver esta calle, tan concurrida, vacía. La causante de este desierto era la feria. Nos fuimos a otros bares del pueblo. Entramos en uno que era un típico patio andaluz. Estaba medio vacío. Había unas diez personas que como nosotras no eran muy aficionados a las ferias. Nos quedamos allí un rato, exactamente el tiempo que dura una canción. La bailamos y nos fuimos para seguir el recorrido por los pocos locales que había en el pueblo.

Más tarde volvimos a la calle de los bares y ya había cambiado el panorama. Mis hormonas se alegraron de ver tanta gente tomando copas y bailando. Entramos en el Bar de la Luna, el que más me gustó por ser un patio de una casa convertido en disco-bar. La música que pinchaban era la mejor para pasar la noche bailando y ligando. Pero no había nadie que me interesase. Nos hicimos con una pandilla del País Vasco y terminamos la noche cerrando todos los bares de Conil.

Nos fuimos todos a tomar la última copa en un sitio que se llamaba El Sitio. La última de la noche porque era el único bar que cerraba a las seis de la mañana. Al entrar con mis compañeros de juerga, había varios tíos entre ellos y no me gustaba ninguno, vi en un rincón un chico de unos treinta años con un foco de luz sobre su cabeza. El foco era metafórico porque él con su mirada descarada me iluminó y dejó a todos los clientes en la penumbra. Yo ya no veía a nadie más. Solo tenía ojos para él. Pasé los siguientes minutos esperando mi copa de espaldas a la pandilla.

Mi Sr. X me lanzó de lejos una invitación para a cercarme a él. Yo con mis cuatro copas recorriendo mi sangre, le devolví el gesto con más chulería que él, ordenándole que viniera a mí.

De cerca pude ver sus ojos color miel, su piel incomprensiblemente blanca sin un rayo de sol, sus labios que escondían una dentadura casi perfecta, su abundante cabellera y su gran estatura. Me sonrió. Le sonreí. Me acerqué a su oído y le susurré.

—Dime algo que me encantaría oír. —le dije oliendo sus feromonas.

—Dicen que soy muy buen comedor. —me dijo oliendo mis feromonas.

—¿En tu casa o en la mía? —le pregunté obligada por mis hormonas.

Siempre respondí al proceso químico natural del cuerpo humano. No se puede contrariar a la naturaleza.

Nos fuimos a su casa y nos tiramos directamente al colchón de su cama. Empezó a besarme con mucha calma y poco a poco  fuimos despojándonos de nuestras ropas. Mi Sr. X tenía un buen cuerpo y mejor, mucho mejor era su miembro. Tuve la tentación, nada más verle erguido de metérmelo en mi boca, cómo siempre. Pero tendría antes que comprobar si él realmente era bueno en el arte de comer coños.

Hummmm…que dedicación, que esmero. Sentía cada movimiento de su lengua jugando con mi cueva y con mi clítoris. Lo lamia largo, despacio saboreando de mi sustancia natural y disfrutando del manjar de fluidos. Lo mezclaba con mi saliva besándome y degustaba los distintos sabores. No decíamos nada. No hacía falta. Me dejé llevar por los sentidos. Su mano recorrían todo mi cuerpo con caricias suaves, sin dejar ninguna parte de mi ser sin su cuota de placer. Paseaba por todo mi cuerpo y volvía a mi entrepierna deleitándome con un cunnilingus delicioso. Me desahogué en su boca. Mientras me corría mi Sr. X cambió su lengua por su expectante y duro miembro. Me lo metió despacio y entero. Empalmé un orgasmo con otro al sentir como él me completaba y se movía dentro de mí. Mi corazón iba a explotar por la taquicardia que él me provocaba. Gemía y me agitaba presionada por su cuerpo e invadida por todo su ser.

Unos cuantos movimientos más y él se derramó en mi interior convulsionándose en silencio. Se echó sobre mí, besó mis labios con dulzura y se presentó.

Nos dormimos abrazados hasta que la luz del sol, tres horas más tarde nos despertó. Nos fuimos a la ducha juntos y allí le regalé una buena mamada. Disfruté tanto como él comiéndole, tragándole entero como él lo hizo unas horas antes conmigo. Pero mi Sr. X por la mañana cambiaba de amante seductor a follador salvaje. Me dio la vuelta poniéndome de espaldas a él, me inclinó hacia adelante y sin miramiento me penetró y me folló como un perro  rabioso. Apoyé mis manos en el borde de la bañera para recibir sus fuertes embestidas. El silencio de la noche se convirtió en gritos y aullidos. Golpes, varios golpes recibí de su pelvis contra mi culo. Su mano, experta por  saber el momento exacto, sacudió repetidamente mi nalga llevándome al orgasmo junto con él.

El agua seguía corriendo por nuestros cuerpos llevándose con ella la sustancia química producida y los fluidos derramados por nosotros.


4 Responses to “Relato erótico de Rita Rico”

  1. ¡Qué genial es eso de los orgasmos encadenados en las mujeres…! ¡Luego os quejáis, jejeje!

    Pepe

  2. Jamás me he quejado de mis orgamos en cadena o los múltiples.¡¡¡Es maravilloso!!!! Es como dar una vuelta por el cosmos y quedarse allí un buen rato.

  3. Volviste a ver al muchacho?

  4. No. Nunca más vi al comedor de coños. Hummmm…guardo un grato recuerdo de aquella semana en Conil. Fue el mejor de todos con diferencia. Realmente era muy bueno. me pregunto que habrá sido de él. Años más tarde me pareció verle una noche en un club de intercambios trabajando pero iba con mi primer marido y disimulé. No me extraña que fuera tannnnnn bueno. Seguro que era un comedor profesional.

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